Eternos Clásicos y Modas al paso: La camisa blanca

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Hay una imagen de mujer que resume para mí todo lo que el vestirse – ése gesto personal que va y esa mirada personal que ve más allá de la moda – puede tener de sensible, pero también de aventurado e incluso de venturoso: contándonos a través de la ropa, nos permitimos atrevernos y podemos llegar a darnos un rato de felicidad.

Esa mujer,  que en la imagen en blanco y negro es joven, una artista de 27 años, lleva una camisa blanca, de hombre (punto esencial), arremangada, con el cuello desaliñado. Los otros elementos con los que ella se ha compuesto una pinta potente, por la serena confianza en sí misma que transmite, no tienen nada de espectacular. Se ve el bolsillo de un jean que adivinamos negro y se ha colgado al hombro una chaqueta sastre, que suponemos negra también, al igual que la cinta que desde el cuello atraviesa la camisa, como un trompe-l’oeil de un par de tiradores. El pelo, en corte paje, aparece estratégicamente desordenado.

Ella es Patti Smith, la formidable poeta rockera, retratada en 1975 por su íntimo amigo Robert Mapplethorpe para la portada de Horses, su primer álbum. Con su chic genuino, es decir aquella desenvoltura inteligente en el vestirse que alude a la elegancia sin entregarse a sus reglas, Patti Smith eligió con gran justeza la más dúctil de las prendas, la camisa blanca de cepa masculina,  que  representa la aspiración de la mujer a la equidad y a la vez  le sienta estupendamente; y ésto último no es ninguna nimiedad.

Pero desde ya que no hay que ser una precursora del punk rock para entender de qué va la camisa blanca y saber llevarla. Premisa de base: la camisa blanca es universal. Como diría el vendedor del subte, sienta a cualquier edad, cualquier cuerpo, cualquier color de piel y de pelo. Idealmente funcional, apta para todos los momentos del día, se adapta también a todas las estaciones.  

Hay ciertos clásicos modernos que, por razones de hechura, no cooperan con todas las anatomías. Pienso, por ejemplo, en los blue jeans que, empleados sin cautela, convierten en tristes trastos a tantos trastes sobresalientes. Jamás una camisa blanca, querida, te traicionaría tan cruelmente. cualquiera sea el estilo (y hay infinidad) que adoptes.

Podría decirse que más que una simple  compañía, lo que la camisa blanca asegura a la chica que devendrá en señora es nada menos que una relación de pareja armoniosa y duradera, inmune al divorcio.

Hacia 1890, el traje con camisa, en lo básico el mismo que llegó hasta nosotros, es ya el uniforme burgués masculino.  El conjunto va a entrar rápidamente en el repertorio de las señoras. Las camisas níveas impecables son el signo obvio del bienestar económico de la pareja. Muy pronto, las usarán, con faldas oscuras, y a la par de las blusas, las estudiantes universitarias, las vendedoras de tienda, las empleadas de oficina.

La camisa de pechera abotonada, apenas aparece en los años Veinte, va a difundirse también entre las mujeres, mientras que en los Treinta habrá una brigada de estrellas de Hollywood, verdaderas insignias de un glamour hasta allí nunca visto, como Greta Garbo, Marlene Dietrich y Katharine Hepburn, que no vacilarán en adoptar, tanto en su vida privada como en algunos de sus films, el atuendo masculino completo, y darán a la camisa blanca un estatus supremo. Que refrendarán, en los Cuarenta, Lauren Bacall y en los Cincuenta, Grace Kelly,  Audrey Hepburn, Marilyn Monroe, Ava Gardner.

Imprescindible mencionar, entre las practicantes de la camisa blanca, en su caso en un plano de refinamiento, a la exquisita Millicent Rogers, heredera de una fortuna petrolera, gran personaje de la vida mundana entre los años Veinte y los Cincuenta, y referencia ineludible para quien aspire a penetrar  la historia del estilo.

A partir de los años Ochenta, la alemana Jil Sander, desarrolló una práctica minimalista del vestido en la que la camisa blanca es un leit-motiv. Sander aborda  la diversidad femenina con seriedad. Piensa en mujeres que se visten con actitud, a las que quiere ofrecer ” ropa  que subraye lo atractivo del carácter, de la inteligencia, del carisma personal”.

Finalmente, otra mujer, otra minimalista, la inglesa Phoebe Philo, que en apenas diez años de ejercicio, hasta diciembre pasada, transformó a Céline, una marca mundana, en una referencia insoslayable, aún y sobre todo para las mujeres que se acercan a la moda con cautela, tuvo a la camisa blanca, símbolo de equidad, como pilar de su apuesta estética. Decía a Vogue, en una de sus infrecuentes declaraciones, que su guardarropa es una camisa blanca, unos pantalones negros, una falda, dos chaquetas,  tres abrigos, un par de tacos altos, un par de ballerinas, un par de zapatillas, quizá una sola cartera y quizá un foulard. Nada más clásico y eterno que la simplicidad.

Collagee Javier #2-01