Eternos Clásicos y Modas al paso

“¿Cuáles modas se transforman en clásicos y porqué?”, fue la propuesta en forma de pregunta hecha por éstas inquietas y siempre curiosas Crónicas de Moda. Y así es cómo surgió ésta página, pensada como una serie. El tema es amplio, y las respuestas posibles no sólo son muchas sino que además van multiplicándose a la cadencia de la moda misma. Moda en singular en este caso, que no es el mismo asunto que las modas en plural.


Por moda en singular entendemos el fenómeno social, cultural, y comercial del vestir en su totalidad, el mundo de la moda en todos sus aspectos; incluidas, como no podría ser menos, la prensa tradicional y las redes en expansión. Modas engloba, en cambio, muy específicamente, a las variaciones de apariencia, formales -es decir de prendas, accesorios, peinados, maquillaje, y otros modos de ornamento-, y periódicas -en otros tiempos, al ritmo de dos estaciones anuales, primavera-verano y otoño-invierno, hoy según las aceleraciones que imponen los planes de un marketing dopado. Como sabemos, en el idioma de la moda, también, y más a menudo, a las modas se las llama tendencias.

En este punto, corresponde reformular la interrogación inicial. No son las modas o tendencias lo que se convierte en clásicos, sino muy específicamente ciertas prendas, accesorios, y efectos de estilo – como la campera de jean, el cinturón ancho de charol, los juegos de lunares blancos sobre azul o azules sobre blanco- que, a lo largo del tiempo, accedieron a ese estatus especial de elementos perennes e imprescindibles del guardarropas moderno.

La lista es nutrida, y más allá de las consabidas camisas blancas y faldas tubo y petites robes noires, encontramos en ella signos universales de estilo tales como los tacos de 8 centímetros, los collares de ámbar, la mochila, los twin set, las camperas y abrigos inflad·s, los chales de estampas florales, los brazaletes étnicos de plata de diez centímetros de puño, el bolero, los zapatos bicolor, la chaqueta biker, y muchas otras piezas atemporales.

A pesar de que los clásicos parecieran existir desde siempre y sean llevados por montones de gente, lo esencial de su atracción reside, y no es paradoja, en su don de permanecer siempre actuales y en la posibilidad de imprimirles nuestra marca personal. Es posible que no existan dos modos idénticos de ceñir el cinturón de un impermeable tipo trench, ese clásico inalterable que puede verse, según el estilo o el ánimo de quien lo usa, sereno, severo, seductor, o sexy, sin dejar de cumplir, canchero bajo la lluvia, su función protectora.

Lo opuesto de lo clásico no es lo moderno. De hecho, para que un indumento se convierta en un clásico es condición esencial que haya representado, en el momento de su aparición, lo nuevo, lo actual, lo que anticipa o acompaña los virajes de las costumbres de su época. Si el vestidito negro perdura es porque en su momento fue revolucionario.

En la moda, lo opuesto de lo clásico es lo efímero, la moda del momento, la tendencia de la estación o, más acorde a las cadencias de la moda rápida, del mes. Sin que haga falta comprarlas y ponérselas, y aún sin estar en el negocio de las pilchas, vale la pena estar al tanto de las tendencias del momento, ya que, aunque pasajeras, son síntomas del presente, revelan las oscilaciones del gusto y ciertos estados de ánimo colectivos.

Livianas, inconsecuentes, muchas veces irrazonables, son como la espuma de la ola social – o del milk shake- de la época. Son lo que en fotos de nuestro pasado nos hace sonreír, o, en ciertos casos, matarnos de risa. Las tendencias son lo que alguna vez se conoció como ‘los caprichos de la moda’, aquel traje de baño que ni demente volverías a usar -y no por una cuestión de peso-, pero que te devuelve a un cierto verano, ciertas canciones, cierta persona. Tienen ese particular valor emocional.

Tienen además un impacto gráfico obligatorio, ya que para imponerlas es necesario lograr que se destaquen. Sin vistosidad no hay tendencia, como demuestran algunas de las más recientes: textiles metalizados, pilotos transparentes, flecos por donde sea, hombreras XL o incluso XXL y tantas otras, llamativas todas. Es justamente la razón principal por la que no llegan a asentarse, a establecerse de modo permanente en nuestra imaginación, y no devienen clásicos, vale decir puntos de referencia firmes y confiables siempre a mano en nuestros placards, la agradecida solución de último momento cuando, aspirando a lo mejor, vas a salir y nada te conforma.

Pero algunas tendencias reaparecen también, convertidas en vintage, y otra vez, por una temporada, son la tendencia del momento. Mientras que los clásicos, a su vez, son adaptados a los cambios de silueta, de contextura, de actitud, de las sucesivas generaciones.

¿Clásico o Moda al paso? ¿Cual es qué? Que l·s lector·s que se interrogan, propongan sus dilemas y lo charlamos.