Una crónica acerca de Lady bird

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La única mujer nominada como mejor directora para los premios de la Academia del Cine es Greta Gerwig con su notable ópera prima. Una historia simple que podría haber caído en un montón de lugares comunes y, sin embargo, tiene personalidad propia.

Es mi primer viernes en Nueva York y me levanto temprano. Más temprano de lo calculado pero las ansiedades en un viaje se multiplican… Es otoño, pero hace bastante calor para la época. Y efectivamente llego antes. ¡Una hora antes! Aguardo entre algunos periodistas más, esta vez todos desconocidos, estoy en otra tierra, hablan otro idioma, se respira otro aire. Me siento fuera de lugar y al mismo tiempo estoy más que nunca en el lugar donde tengo que estar. Todo es muy puntual. Unos minutos antes de iniciar la función mostramos la credencial y entramos y, como la sala no es muy grande, yo me siento bastante adelante. Las dos sillas están sobre el escenario, pues no tapan la pantalla, para la posterior conferencia de prensa.

Vi “Lady Bird” en octubre en el Festival de Cine de Nueva York. La película ya había tenido paso por un par de festivales anteriores (Telluride y Toronto) y las voces que la mencionaban lo hacían bastante bien. No obstante, no podría haberme imaginado que unos meses después Greta Gerwig estaría nominada como guionista y como directora a los Oscars, además de unas nominaciones más incluyendo mejor película (y de haber pasado por otros tantos premios más y cosechado algunos en el camino, como el Golden Globe a mejor película en comedia). No porque no creyera que estaba ante una pequeña gran película, sino porque el cine independiente no siempre logra sobresalir dentro de tanta cartelera pomposa.

El Festival de Cine de Nueva York me permite escuchar y observar de cerca a aquella muchacha a la que sigo desde hace varios años, porque desde hace tiempo se viene moviendo dentro del circuito del cine independiente que me gusta ver. Actuando y escribiendo, frente a la pantalla y frente a la máquina de escribir (o computadora, probablemente). Allí contó sobre el proceso escritura y las cientos de páginas que escribió hasta terminar con el guión final de la película.

Es que con “Lady Bird” decidió por primera vez ponerse además en el rol de directora y no podía ser de otro modo, ya que su película sobre una adolescente de Sacramento durante su último año de la secundaria en el año 2002 es muy personal y está llena de referencias autobiográficas (muchas más de las que podríamos captar, seguro). “Lo que siempre quise hacer realmente es dirigir”, cuenta.

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Christine se llama Lady Bird y pretende que la llamen así porque ése es el nombre que le fue dado… por ella misma. En el último año de secundaria en una escuela católica se encuentra con el dilema de decidir cómo va a ser su vida una vez que salga de allí, es decir, dónde va a estudiar. Sus aspiraciones y deseos son mayores que sus verdaderas notas, y su madre le recuerda y recalca las verdaderas y realistas posibilidades que tiene de poder irse a estudiar, por ejemplo, a Nueva York.

Mientras saltea entre un par de relaciones, mantiene su amistad con Julie, hasta que se ve tentada de pertenecer a otro grupo y para eso incluso miente sobre la casa dónde vive. Es que se avergüenza de ser lo que es, de haber nacido donde nació. “¿Crees que luzco como una chica de Sacramento?”, le pregunta a su madre. “Eres una chica de Sacramento”, le hace notar su madre. Esa madre con la que andan en auto escuchando “Las uvas de la ira” mientras se emocionan hasta las lágrimas, y luego discuten y gritan y puede llegar hasta arrojarse del auto.

“Quien habla de hedonismo en California, nunca ha pasado una Navidad en Sacramento”. La frase de Joan Didion como epígrafe de la película.

Una adolescente que a prueba y error que quiere hacerlo todo al mismo tiempo. Rebelarse, descubrir su sexualidad, sentir, cantar, bailar, ser libre. En el medio, un padre que no consigue trabajo, una casa demasiado chica, una universidad a la que no le alcanzan los méritos para ingresar. Y la constante sensación de merecerse algo más que no le está llegando pero tiene que llegar.

“Lady Bird” expone entonces varias aristas. Por un lado, la relación con la madre en una época tan complicada y tumultuosa como lo es la adolescencia, donde parece que nuestros padres, o los adultos en general, son enemigos. Por el otro lado, la amistad. Lady Bird asiste al baile de graduación con su mejor amiga, porque eso es amor real. Las expectativas versus realidad. El abandono del hogar y el lugar que era tu casa y la nueva visión que el alejarse provoca sobre tal.

Intimista y minimalista, sin embargo “Lady Bird” logra ser muchas cosas más que una simple coming of age. Es sencilla y compleja al mismo tiempo. Gerwig pone mucho de sí en su película, más que experiencias propias. Su Lady Bird (personaje y película) es divertida, inteligente, mordaz, irónica.

También gran parte del encanto de esta película se debe claramente al elenco. La irlandesa Saoirse Ronan que elimina su acento y da vida de una manera hermosa a Lady Bird. Laurie Metcalf en el papel de esa madre que parece tan particular y sin embargo es tan como todas las madres. Lucas Hedges y Timothee Chamelet como los dos muchachos con los que intentará sin mucho éxito un noviazgo. Beanie Feldstein como la incondicional amiga que además está enamorada de su profesor. Y Lois Smith como la encantadora hermana Sarah.

“Lady Bird” es una gran ópera prima pero es también una gran película. Punto. En las salas argentinas se la podrá ver el 1° de marzo, justo la semana de los Oscars, donde cuenta con cinco nominaciones. Greta Gerwig , la única mujer que logró colarse en la categoría de Mejor Dirección, en un año donde hubo más y mejores películas que de costumbre dirigidas por mujeres. Así que por acá alentamos por ella.