Cómo sobrevivir a siete casamientos en un año

29 años, ocho mundiales, ocho mudanzas, un año de terapia, un ex novio, una carrera sin terminar y siete casamientos a los que asistir en 12 meses.

Cuando me entró el mail con el séptimo Save the date, la tele iluminaba mi living mientras tomaba mate a oscuras un domingo a la noche. Siete casamientos, siete vestidos y un potencial brote psicótico mensual, promedio, frente a un placard y una realidad: te mudaste en diciembre, usas el turbo Yelmo para no gastar con el aire acondicionado, no tenés ni la más puta idea para dónde irá la cosa, y esa cosa es tu vida.

Entonces sufrí un poco, me revolqué en el dulce néctar de la autocompasión, abrí mi home banking más de lo correspondiente para terminar de corroborar mi pobreza y entre mis gastos fijos sumé unas sábanas de Arredo, un tramo de Europass, y una jarrita súper monona de una entrepeneur que publicita en Facebook, pero nada para mi casa. Fantaseé con revolear la laptop por la ventana, con micro revoluciones feministas anti sistema en la que se celebrase mi independencia de padres, lloré porque en realidad no soy yo la que se está casando y ni siquiera sé si quiero casarme y tener hijos y me dejé joder.

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La gente se encuentra, se dice chistes simpáticos y cómplices, se ríe, comparte una intimidad  no tan íntima pero lo suficiente para generar empatía, se enamora, mira películas en el Showcase, come en el Barrio Chino, compra un somier pulenta para cochinear más cómodos, en fin, crece de a dos, decide casarse y quiere compartirlo con vos. Y que vos no tengas un cuello en el que acurrucarte un domingo frente a la tele con un bowl de pochoclos, y bueno, a charlarlo de 20 a 20:45 en terapia todos los miércoles.

Así que el sábado 28 de febrero de 2015, después de hacer la parabólica y pasarme la epilady en lugares remotos y profundamente dolorosos, de hacer un home made frenchie nails a base de pedazos de cinta scotch y esmalte vía láctea marca ACME, con dos tiritas depilatorias en el bigote y turbante a la cabeza, me agoté. Procrastinar en la decisión de qué vestido, accesorios, zapatos y cartera usar fue tan inteligente como mudarme antes de la Navidad. A veces quisiera que mi universo femenino fuese onírico, lánguido y apastelado como en las revistas femeninas pero en cambio es la torre de Fiona.

Y me iluminé, lo recordé, me eroticé de sólo imaginármelo. El fernet con coca de los textiles, los fideos con manteca del armario de una mujer: el vestido negro. Noble, simple y eternamente efectivo, vestido negro. Uno que compré a las apuradas para una fiesta, perdido entre los percheros navideños, con una rebaja gloriosa mezcla de época festiva y boom de descuentos de tarjetas de crédito. Largo, con cola, espalda al aire, corte Marilyn para mis tetitas pocket, potra, divina, Audrey Hepburn, Cate Blanchet, Oscar, chorrito de sidra para festejar un discurso para un premio inexistente. Porque si nunca practicaste frente al espejo un discurso para una entrega de premios, estás un poquito menos vivo que el resto de los mortales.

Entonces con mi vestido Martin Fierro 2015, aros y sobre comprados por no más de 20 dólares en un viaje y unos tacos tortura china, me miré en el espejo del palier de mi edificio y me quise un poco. Sos una Lita de Lazzari fashinonista, boluda.

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Si Kundera tiene razón y en un punto todos nos definimos a través de la mirada del otro, yo sostengo que un dresscode acertado o incorrecto se define a través de mirar los vestidos que tienen las otras. Por lo que dos minutos después de haber pisado la iglesia en Vicente López sentí que mutaba de Emma Stone a Viki Xipolitaki con la rapidez que suena la campanita para anunciar la entrada de la novia. El error garrafal no radicó tanto en la elección del conjunto sino en no prestar atención al horario de comienzo.

A las siete de la tarde, en verano, mi queridísima Sabrina Gallego, es de día. El casamiento arrancaba con un sol de pileta, Campari y flota flota. Los vestidos cortos, las estampas floreadas y zapatos cómodos eran mayoría. Y yo estaba de negro, de largo, con cola, de día. DE DÍA.

Con los primeros acordes de Gabriel’s oboe, el maquillaje de tutorial de YouTube pasó a mejor vida. Un sacerdote vanguardista y lectura de votos de los novios desembocaron en dos Camparis en la recepción, cuatro copas de champagne durante la comida, pérdida de cuenta de cervezas durante la fiesta, la cola hecha un nudo en cuanto sonó un mix Whitney-Rihanna, una resaca temprana, un soborno a un mozo por un ipuprofeno, dos fichadas a dos candidatos pegadísimos sus Delfis Blaquieres y un remis de 500 pesos Del Viso-Capital Federal.

Me levanté con el delineador en la comisura de la boca, con un osito de peluche en la garganta, la apertura de sesiones ordinarias del Congreso en la tele y roomate planchando. Las nubes refractaban el sol en la calle como con un filtro vintage de Instagram, amarillo y pesado. La lluvia era inminente. La lluvia y el domingo. La lluvia y la soledad. La lluvia después de un casamiento ajeno. La lluvia y Whatsapp. La claridad mesiánica que antecede a la mandada de cagada. La lluvia y el cartoneo de amor, cucharita y DVD. La lluvia y el rechazo.

Fin de mes. Home banking: $40.68. Estado de ánimo: fideos con aceite y reggianito. Dos platos.